Me gusta hablar en tercera o en primera y nunca en segunda. Puede que vos no me gustes, entonces siempre imagino que sos él o que soy yo, porque en definitiva es posible que todos seamos todos en algún momento. Si hablo de grupos me gusta hablar de nosotros o de ellos o aquellos pero nunca de ustedes, aunque algunas veces pueda nombrarlos, ustedes seguro no van a gustarme, y tal vez sea probable que algún día todo eso que son ustedes lo seamos todos, y ahí, puedo entonces alejarme como suelo hacerlo en el pensamiento.
Me gusta ser yo o pensar que puedo ser él o nosotros juntos o que aquellos son el ideal de algo, pero no vos, ni ustedes, los desesperados, los por siempre desesperanzados. Malditos sean.
martes, 1 de noviembre de 2011
viernes, 21 de octubre de 2011
El Fracasado
Los fracasados siguen fracasando en el mundo hoy, solo porque sienten que el fracaso es dueño de sus vidas, pero son así, la suerte, la familia, y la manera de procesar experiencias los hicieron así. Casi como una maldición, repiten errores y caen en todas las trampas que el destino puede dejarle por delante. Ojo, no se confunda al fracasado con el que nunca tuvo una oportunidad, o tuvo pocas y ninguna que valiera la pena o le trajera la suerte de su lado. La desgracia llama desgracia, el fracaso y lo asumido de la persona en ese rol, trae fracaso.
No se venga creyendo que el fracaso no es un trabajo duro porque sí que lo es, si señor, el fracaso una y otra vez es para los que nunca se rinden, para los reyes ocultos, para las almas que tienen que aprender a los golpes el significado de algún triunfo al pasar.
Para fracasar hay que tener aguante. Aguante el aguante!
El fracasado es un luchador interminable y de una fuente casi inagotable de voluntad para seguir adelante y a través de sus derrotas en seguidilla.
El fracasado es el que más sabe de éxitos. Cuando consigue lograr algo, no lo siente como algo de todos los días y lo disfruta como tal. El ganador, en cambio, revela al éxito como algo cotidiano y va dejando que pierda importancia el hecho de salir victorioso. Cuando el ganador repite este tipo de actitudes a lo largo del tiempo cae en el pozo de las depresiones más grande y angustiante de todos: El inconformismo superficial.
El fracasado es el siempre dispuesto a intentar, el sin miedo, el arriesgado. Claro, todo fracasado conoce de desilusiones y una posibilidad nueva de llevarse una más no hace la diferencia y por eso es valioso en lo referente a los éxitos más grandes en la historia de la humanidad. Todo genio exitoso también formó parte del gremio de los fracasados.
En el conurbano Sur existió una vez un grupo llamado ¨los fracasados¨. Ellos se juntaban a evaluar las historias de fracasos en sus vidas y a intentar encontrarles la vuelta para al menos llevarse de cada una un aprendizaje.
El fracasado siempre vuelve al ruedo a intentar una vez más no caer del caballo que ya está cansado, pero que todavía puede dar batalla, y cae. Otra vez.
Fracasado, pero fracasado como quién lo nombra y se lo cree, es el que sabe callar cuando no tiene nada interesante y quién sabe perder. Saber perder es importante porque eso a la larga te hace ganar y ellos lo saben.
Los fracasados clásicos son cada vez más inteligentes, más no el fracasado pelotudo y tampoco el fracasado sin amor propio.
Hey fracasados!!! sigan así.
Ojo, estoy hablando del tema imaginando al fracasado de alma experimentada. No se vaya a pensar que meto a todos los fracasados en la misma bolsa. Como en todos los rubros como puede ser el de los ganadores, los conformistas, los intolerantes (ya vamos a hablar de estos), los poderosos, los talentosos o lo que sea que se quieran imaginar hay de todo: de sentimientos nobles, vagos, forros pelotudos, derrotados, desinteresados, interesados, perpetradores de planes de victoria o de pérdida, empecinados, confabuladores, espectadores, ensimismados… de todos.
Ninguna clasificación puede encerrar a los clasificados en la misma bolsa. O los porteños somos todos iguales? gracias a la suerte no soy igual a vos y vos tampoco sos igual al que tenés al lado y no podes ni ver. Imaginemos a un talentoso empecinado y a uno ensimismado. Es lo mismo? no, claro que no. El talentoso empecinado termina cayendo como el orto a todo el mundo, el ensimismado en cambio no le termina cayendo del todo a nadie porque es tímido hasta el punto de no comunicar absolutamente nada o muy poco.
En fin, solo usé a los fracasados de ejemplo, lo que quería decir es que lo que importa no es en que rubro podrías encajar, lo que me importa a mi es que tipo de gente sos. A mi me gusta la buena gente, los demás que se curtan solos.
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viernes, 14 de octubre de 2011
Milanesa, la revancha
… No apareció durante algunos meses.
Milanesa habitaba nuestro recuerdo fresco como una lechuga pero de aparecer, nada.
Nada de nada.
Siempre nos acordábamos y nos cagábamos de la risa de lo que había pasado ese día en el que nos encontramos con él por primera vez. Se sabe que los chicos siempre acaban riéndose de cualquiera de sus aventuras aún cuando suponían algún peligro, como en este caso, era vérselas con un vago desconocido.
Se estaba acabando el verano y con él las vacaciones así que aprovechábamos para estar juntos la mayor parte del tiempo que fuera posible.
Un día, jugando a pegarle a los pajaritos que se posaban sobre los árboles con bolitas de esas verdes que todos los pibes arrancaban de los árboles que las tenían y con gomeros hechos de ruleros y globos, Juanca lo vió venir.
Hey! miren! milaneeeeeeeeeeeeeeesssssa! gritó, y entonces otra vez, nos quedamos callados mirando como venía, como la primera vez.
Estaba ya cerca y nos vió y nos reconoció pero no nos dió pelota, como si nada hubiera pasado.
No tenía encima el balde que nos había robado y tampoco llevaba la campera verde militar sino que llevaba puesta una remera negra. Tampoco tenía su bolsa de arpillera, en cambio llevaba varias bolsas llenas de vaya uno a saber que cosas. El pantalon y las ojotas eran las mismas.
Esta vez fué Juanca el que empezó todo, y yo lo había pensado segundos antes, pero para arrancar este tipo de hazañas era medio cagón. Sí, seguía a quién fuera mi amigo en cualquiera de estas y algunas veces me arriesgaba primero, pero con Milanesa no pude ni una.
Le pegó un gomerazo en la cabeza que le hubiera dolido a cualquiera, y es este acto y en este segundo el que forjaría en el pecho del vagabundo como a fuego, el odio eterno.
Rajemos! dije apenas pudo salirme la voz, y asustadísimos corrimos antes de que Milanesa pudiera reaccionar.
Nos corrió un par de cuadras. Cansado se paró y empezó a putearnos, y nosotros nos paramos y empezamos a escucharlo. Su voz, si la recuerdo ahora, sonaba aguda de impotencia, al borde del llanto, como si tanta derrota en la mochila se agudizara aún más con el actuar de una manga de pendejos que nada sabía todavía de derrotas y de angustias devenidas.
Fué ahí cuando Manu le dijo en un grito de culpa sincera y de arrepentimiento y que nos ocupó a todos: Perdón!!!. Un pibe no sabe más que decir esa palabra en esos momentos, de la vergüenza o de la angustia o de las pocas palabras que sabe llevar encima, pero fue de verdad y Milanesa, se dio media vuelta y parecía que se iba pero no, se agachó durante unos segundos e hizo esto: agarró unas cuantas piedras de la calle y volvió a la carga y tirándonos piedrazos con todas sus fuerza y hasta nos pegó a algunos. Como decía, el gomerazo en la cabeza no lo perdonaría nunca.
Volvimos al rato un poco lastimados de los piedrazos los que los habíamos recibido pero lo que más dolía, y a todos, era la angustia.
Maldito Milanesa, si quería guerra y seguía pasando por nuestra cuadra, iba a tenerla.
martes, 4 de octubre de 2011
De idas y vueltas
Casi el vacío que llega luego de una filtración que pasó de largo bajo la mirada distraída de un par que se creyeron audaces e imposibles de vencer.
El fuego apagándose y la desesperación.
Ventilar las brasas como un loco con la esperanza de tener la mínima chance de que pudieran encenderse los leños de nuevo.
El amor a punto de caer.
Sentirse de a poco en el vacío profundo de la no compañia trae demasiado cerca a la nada.
Sentirse de a poco en el vacío profundo de la no compañia trae demasiado cerca a la nada.
La soledad.
Que el pensamiento no actúe de tanto desequilibrio.
Que el pensamiento no actúe de tanto desequilibrio.
Sentirse desorientado en el espacio y ver como se pierde todo.
La vida errada.
La opresión en el espacio, la angustia que pasa de ser sensación, a pegar directamente en el cuerpo, el no poder contener lo que ya no quiere contenerse.
La opresión en el espacio, la angustia que pasa de ser sensación, a pegar directamente en el cuerpo, el no poder contener lo que ya no quiere contenerse.
El agua que se cae.
Una sensación de primera vez.
Una sensación de primera vez.
Re-comenzar luego de haber olvidado algunas cosas y vaya cada uno a decirse el porqué.
De nuevo el amor.
Otra distracción.
Tanto amor no puede dejarse al azar.
Cuidarlo todo como el tesoro más grande.
Eso.
viernes, 19 de agosto de 2011
Arte si, Arte no
Esto está lleno de ideas sueltas, puede que a primera vista inconexas o desubicadas en su orden solamente, como una canción revoloteando confundida en cualquiera de los infiernos, o algún demonio hundiéndose en alguna nube culpa de no llevar las alas puestas.
Lo que probablemente lleve a un artista a serlo sea la primer inspiración de aire en este mundo, el primer atisbo de reconocimiento inconsciente de todo lo que nos rodea, el primer shock, el primer golpe de realidad que nos lleva a gritar desconsolados, furiosos, enfermos de impotencia, depresión y consternación, amor sin saber a qué todavía, la sensación que nos toma por sorpresa y que son todas las sensaciones juntas en un solo instante y que después nos permite y de a poco, con los años, ir descubriéndola. El artista nace incluso un instante antes de tomar nuestra primer dosis de realidad.
Todos somos artistas desde antes de nacer. El Ser es un Ser Artista.
Algunos saben reconocerlo, hacerlo crecer, usarlo y hacerlo carne en el cuerpo, y hacerlo aire en el espíritu. Otros lo pierden, no lo dejan vivir por ignorancia o por definición equivocada. Quién lo reconozca que lo deje contento que él se pone contento y hace grandes muchas de las cosas solo con un guiño cómplice, quién no... que la vida se apiade.
Muchos dicen que el artista debe sufrir para crear las mejores obras, de hecho no son muchos sino muchísimos los que hablan de que la conexión entre el artista y la obra de arte como finalidad debe, para poder ser inspiración creativa, tener como base algo de congoja del alma en cualquiera de los sentidos que puedan imaginarse. Yo sin embargo creo en el arte que nace desde cualquiera de las sensaciones humanas, tanto de la angustia como de la alegría, de la tristeza o del festejo, de la desolación o de la algarabía y también del arte que nace desde cualquier sensación que pueda encontrarse entre medio de cualquiera de las anteriores.
Creo en el arte. Y es tanto lo que creo en el arte que me terminé creyendo que cualquiera que pueda imaginar algo puede empezar a vivirlo, empezar a crearlo, a pensarlo y a manejarlo desde cualquier punto de vista si se es lo suficientemente inteligente, inclusive sin caer entre las redes de algo que al final, como todo arte, es ajeno a uno mismo.
El hecho artístico va también más allá de la lógica de la personalidad del artista en muchos de los casos. El creador lleva el peso de la responsabilidad de poder discernir entre su persona y su creación y no permitir que tal creación afecte su capacidad para ser quién es desde tiempos anteriores, y si se confunde lo que un día vió no lo ve más, mañana ve de nuevo, y el tiempo pone todo en su lugar, a las patadas en el culo o como sea necesario.
Somos lo que fuimos y lo que pensamos en la soledad de lo real, y somos lo que compartimos con nuestros amores de la vida y no siempre lo que puede verse en nuestro arte. La obra acabada lleva adelante su propia vida y puede ser nuestro semejante o todo lo contrario. Confundir como semejantes Ser humano-artista y obra acabada, o que todo lo que hay en el medio es común, nos puede hacer entender algunas cosas como no son.
Es difícil reconocer un hecho artístico en su totalidad, pues podría hasta parecer una burla demente o un disparate o porque no, confundirselo con la persona creadora de tal hecho como real, o sea, pretender saber que el personaje vive gracias a sentimientos reales e idénticos de la persona. Que la imaginación no se confunda con lo real! que así no sea!. La imaginación debe ser puesta a correr en libertad por cualquiera de los caminos conocidos y también sobre los desconocidos.
Somos capaces de crear, recrear, modificar, e incluso matar y volver a dar vida a lo que no somos en la realidad. Podemos pensar y atravezar lugares que hasta podríamos detestar, porque el arte es entre otras cosas eso también, ser y no ser, jugar, arriesgarse a entrar en mundos desconocidos, aventurarse dentro de pensamientos ajenos y es también reírse irónicamente y decir irónicamente. El arte es también un juego arriesgado.
Una servilleta o un cuaderno y frente al piano, una guitarra y tres acordes o una idea que luego se olvida y vuelve cuando quiere.
Porque es así como veo que las ideas no son nuestras, a las ideas las atrapamos con el inconsciente porque vuelan en lo invisible de las corrientes del aire.
El artista, la pulsión creadora, el espacio común, el hecho artístico como deseo de vivir, la obra acabada. La vida nueva.
La única obra de arte que es nosotros es nuestra vida más allá de las canciones, de las pinturas, de los personajes, de los cuentos... de la fantasía. La realidad de todos los días que vamos creando y recreando, con hijos o sin hijos, con amores conectados para siempre u ocacionales, con padres o con muertos y recuerdos del bien y del mal, con hermanos o con amigos, con uno mismo.
Arte es una flor en el silencio, hija de un padre distinto, a veces con ideas compatibles. Otras, nada que ver.
Arte es cazar mariposas en primavera con una red que no lastima y que nos deja ver lo diferente.
Arte es dar vuelta una página abrazando la emoción que trae lo desconocido.
Arte es percibir reflejos y regalarlos a las almas sin espejos.
Arte es enamorarse.
Arte es todo.
jueves, 21 de julio de 2011
Dormir solo
Era la primera vez que iba a dormir solo y con la luz apagada y Madre ya le había contado el cuento de la noche; Madre casi siempre le contaba el mismo cuento pero con variantes y a él eso le encantaba. Una día podía morir quien era rey sabio, otra nadie moría, a veces, el giro de la historia no llegaba a ninguna parte pero estaba bien porque la historia era larga y para cuando se necesitara empezar a darle cierre Hernán ya estaba dormido y soñando. Madre le contaba esa misma historia por un lado para que él se sintiera reconfortado con lo conocido y por otro, para que también se encontrara con las sorpresas de un nuevo movimiento en la historia de los personajes que ya conocía. Muchas veces había soñado con el mono loco y con la princesa esclava y también con aquellas serpientas mensajeras que recorrían las tierras de Anhedonia para encontrar la magia que pudiera convertir a sus reyes del demonio en quienes supieran dar alegría a su gente.
Madre le había dado el beso de las buenas noches, pero esta noche todo estaría cambiando. Hernán por primera vez deberá dormir con la puerta cerrada y la luz apagada.
Hernán tiene 6 años y desde al menos 4 duerme solo en su habitación con una luz encendida y la puerta abierta. Hernán casi todas las noches despertó y del miedo salió corriendo hasta la habitación de los padres, en donde puede dormir con la tranquilidad de que nada va a atacarlo.
Madre durmió con él algunas veces en las últimas dos semanas, pero a la madrugada cuando se despertaba ya no estaba. Esta noche le tocaba empezar a conocer algo nuevo, comenzar a vivir otras experiencias y dormir solo, con la luz apagada y la puerta cerrada o entreabierta, según las palabras de Padre.
Padre las últimas tres noches se quedó con él toda la noche. Hablaban un rato y luego apagaban la luz y Padre le contaba de todo, de cada ruido y de cada sombra. La primera noche durmió con él en la cama, la segunda en cuanto se durmió se acostó en el suelo con una frazada y una almohada, y a la tercera cada uno durmió en su lugar.
Luego del beso de Madre y la pasada de Padre para dar también un beso con deseo de buenas noches, Hernán se quedó solo y cobijado por el acolchado de color azul a rayas blancas, con la puerta cerrada que dejaba ver por debajo que la lámpara del pasillo todavía estaba encendida y con la habitación prácticamente a oscuras salvo por la luz de luna que entraba por la ventana y que apuntaba directo al baúl de juguetes.
Hernán no podía cerrar los ojos. Sus pupilas agrandadas por la falta de luz y con la colaboración de aquel reflejo lunar que caía desde la ventana, lo ayudaban a ver todo.
-No quiero ver nada y dormirme rápido, se decía a si mismo, pero no podía lograrlo ni en cien años en ese estado y él lo sabía. Entonces comenzó a mirar su habitación por primera vez a oscuras y en silencio, y eso que ya era mucho y le pesaba, empezó a darle miedo; un miedo que nacía en el diafragma y le impedía conectar con el ejercicio de la respiración y que también lo llevaba a taparse casi completamente, con los ojos, la frente, el pelo y la punta de las orejas solamente descubiertos y porque tenía la intención de ver que era lo que pasaba por ahí, que se sabe bien que cuando uno no ve en la oscuridad, las cosas cobran vida.
Recordó que Madre le había dicho que se intentara mantenerse tranquilo, que si miraba con calma vería que todo lo que puede parecer monstruoso no lo era en verdad, que eran las mismas cosas que se ven de día, pero que la noche puede transformar hasta lo más inocente en el peor de los peligros. Las palabras de Madre y la compañia de Padre las últimas noches posiblemente no fueran suficiente alivio. La luz del pasillo se apagó.
Transpiraba. Estaba transpirado desde los pelos hasta la punta de los pies, y detenía la mirada inocente de niño en cada una de las cosas y esa mirada, se iba coloreando de los sentidos que agudizan su capacidad cuando uno siente cerca el peligro.
La puerta del ropero estaba apenas abierta. No se movía ni para cerrarse ni para abrirse y se dijo que lo único que había ahí dentro era ropa y juguetes viejos y no monstruos. Vió que un pequeño resplandor salía desde adentro, por entre la ropa y pestañeó varias veces bien fuerte y el resplandor desapareció. No, monstruos no. Observó que el baúl de los juguetes también estaba abierto. Él hubiera jurado que lo había cerrado y eso, junto con los reflejos de la luna que proyectaba sombras fantasmales de todo tipo al iluminar tantas figurillas de juguete hicieron que sintiera un terror repentino. Empezó a temblar, y los músculos de las piernas con espasmos que no podía controlar hacían temblar la cama, los brazos cansados pero duros como nunca de la tensión, los ojos abiertos como agujeros sin fin, la cabeza con movimientos leves, casi imperceptibles, que iba hacia adelante y hacia atrás... una inspiración rápida y violenta. Otra. La tercera lo hizo reaccionar en pocos segundos y entonces entendió solo al rato y bajo sospechas, que solo eran sombras proyectadas de los muñecos sobre la pared gracias a la luz de luna y que no debía tener miedo a lo que solo era una sombra. Tardó minutos que parecieron horas en reestablecerse la sensación de normalidad en su cuerpo. Después de deliberar unos minutos decidió levantarse de la cama para cerrar la puerta del ropero y también el cajón de los juguetes. Era un chico valiente, de eso no hay ninguna duda. Primero se destapó completamente, luego apoyó un pie en el suelo, luego el otro, lento decidió incorporarse y dar un primer paso con la mayor cautela. El segundo paso encontró un roce, algo lo había tocado en su pie izquierdo para tomarlo por sorpresa y hacerle las peores cosas imaginadas desde siempre por nadie y por todos. Intentó correr, pero sin la conciencia de saber hacia donde y tropezó enseguida con un golpe de la rodilla derecha contra la punta de la cama. Cayó mirando hacia el lugar en el que se encontraba quién lo había tomado del pie... y no había nada. La rodilla por suerte no la pasó tan mal. Fué solo el susto. El pie recibió el roce de uno de sus muñecos tirado en el suelo... Hernán sonrió nervioso y se levantó. Parado en medio de la habitación por fin se decidió y se acercó rápidamente a la puerta del ropero y la cerró. Y se acercó al baúl de los juguetes y lo cerró también. Pensó en que Padre y Madre estarían felices por él y también pensó, todavía parado a un costado del baúl de los juguetes, en como contaría a sus amigos su primera experiencia nocturna a oscuras y en soledad, y se sintió bien. La mayoría de sus compañeros todavía no dormían a oscuras como él, y algunos todavía tampoco duermen solos.
Decidió acostarse y dormir. Esta vez se tapó solo hasta el cuello pero no pudo con eso de dormir y siguió atento a cada rincón de la habitación, no sea cosa que existan de verdad todos sus miedos pero que solo se animen a cobrar vida más entrada la madrugada y que lo atrapen por sorpresa... Al rato no pasaba nada. Nada se movía. Nada levantaba sospechas. Nada hacía ruido dentro de la habitación. A cada sombra, Hernán aprendió a encontrarle el objeto del cual provenía. Recorrió muy lento toda la habitación y todo, absolutamente todo estaba en orden. Le dolía la pierna un poco pero no importaba. Sus ojos empezarón a cerrarse, él a sentirse cómodo... al final durmió.
Madre le había dado el beso de las buenas noches, pero esta noche todo estaría cambiando. Hernán por primera vez deberá dormir con la puerta cerrada y la luz apagada.
Hernán tiene 6 años y desde al menos 4 duerme solo en su habitación con una luz encendida y la puerta abierta. Hernán casi todas las noches despertó y del miedo salió corriendo hasta la habitación de los padres, en donde puede dormir con la tranquilidad de que nada va a atacarlo.
Madre durmió con él algunas veces en las últimas dos semanas, pero a la madrugada cuando se despertaba ya no estaba. Esta noche le tocaba empezar a conocer algo nuevo, comenzar a vivir otras experiencias y dormir solo, con la luz apagada y la puerta cerrada o entreabierta, según las palabras de Padre.
Padre las últimas tres noches se quedó con él toda la noche. Hablaban un rato y luego apagaban la luz y Padre le contaba de todo, de cada ruido y de cada sombra. La primera noche durmió con él en la cama, la segunda en cuanto se durmió se acostó en el suelo con una frazada y una almohada, y a la tercera cada uno durmió en su lugar.
Luego del beso de Madre y la pasada de Padre para dar también un beso con deseo de buenas noches, Hernán se quedó solo y cobijado por el acolchado de color azul a rayas blancas, con la puerta cerrada que dejaba ver por debajo que la lámpara del pasillo todavía estaba encendida y con la habitación prácticamente a oscuras salvo por la luz de luna que entraba por la ventana y que apuntaba directo al baúl de juguetes.
Hernán no podía cerrar los ojos. Sus pupilas agrandadas por la falta de luz y con la colaboración de aquel reflejo lunar que caía desde la ventana, lo ayudaban a ver todo.
-No quiero ver nada y dormirme rápido, se decía a si mismo, pero no podía lograrlo ni en cien años en ese estado y él lo sabía. Entonces comenzó a mirar su habitación por primera vez a oscuras y en silencio, y eso que ya era mucho y le pesaba, empezó a darle miedo; un miedo que nacía en el diafragma y le impedía conectar con el ejercicio de la respiración y que también lo llevaba a taparse casi completamente, con los ojos, la frente, el pelo y la punta de las orejas solamente descubiertos y porque tenía la intención de ver que era lo que pasaba por ahí, que se sabe bien que cuando uno no ve en la oscuridad, las cosas cobran vida.
Recordó que Madre le había dicho que se intentara mantenerse tranquilo, que si miraba con calma vería que todo lo que puede parecer monstruoso no lo era en verdad, que eran las mismas cosas que se ven de día, pero que la noche puede transformar hasta lo más inocente en el peor de los peligros. Las palabras de Madre y la compañia de Padre las últimas noches posiblemente no fueran suficiente alivio. La luz del pasillo se apagó.
Transpiraba. Estaba transpirado desde los pelos hasta la punta de los pies, y detenía la mirada inocente de niño en cada una de las cosas y esa mirada, se iba coloreando de los sentidos que agudizan su capacidad cuando uno siente cerca el peligro.
La puerta del ropero estaba apenas abierta. No se movía ni para cerrarse ni para abrirse y se dijo que lo único que había ahí dentro era ropa y juguetes viejos y no monstruos. Vió que un pequeño resplandor salía desde adentro, por entre la ropa y pestañeó varias veces bien fuerte y el resplandor desapareció. No, monstruos no. Observó que el baúl de los juguetes también estaba abierto. Él hubiera jurado que lo había cerrado y eso, junto con los reflejos de la luna que proyectaba sombras fantasmales de todo tipo al iluminar tantas figurillas de juguete hicieron que sintiera un terror repentino. Empezó a temblar, y los músculos de las piernas con espasmos que no podía controlar hacían temblar la cama, los brazos cansados pero duros como nunca de la tensión, los ojos abiertos como agujeros sin fin, la cabeza con movimientos leves, casi imperceptibles, que iba hacia adelante y hacia atrás... una inspiración rápida y violenta. Otra. La tercera lo hizo reaccionar en pocos segundos y entonces entendió solo al rato y bajo sospechas, que solo eran sombras proyectadas de los muñecos sobre la pared gracias a la luz de luna y que no debía tener miedo a lo que solo era una sombra. Tardó minutos que parecieron horas en reestablecerse la sensación de normalidad en su cuerpo. Después de deliberar unos minutos decidió levantarse de la cama para cerrar la puerta del ropero y también el cajón de los juguetes. Era un chico valiente, de eso no hay ninguna duda. Primero se destapó completamente, luego apoyó un pie en el suelo, luego el otro, lento decidió incorporarse y dar un primer paso con la mayor cautela. El segundo paso encontró un roce, algo lo había tocado en su pie izquierdo para tomarlo por sorpresa y hacerle las peores cosas imaginadas desde siempre por nadie y por todos. Intentó correr, pero sin la conciencia de saber hacia donde y tropezó enseguida con un golpe de la rodilla derecha contra la punta de la cama. Cayó mirando hacia el lugar en el que se encontraba quién lo había tomado del pie... y no había nada. La rodilla por suerte no la pasó tan mal. Fué solo el susto. El pie recibió el roce de uno de sus muñecos tirado en el suelo... Hernán sonrió nervioso y se levantó. Parado en medio de la habitación por fin se decidió y se acercó rápidamente a la puerta del ropero y la cerró. Y se acercó al baúl de los juguetes y lo cerró también. Pensó en que Padre y Madre estarían felices por él y también pensó, todavía parado a un costado del baúl de los juguetes, en como contaría a sus amigos su primera experiencia nocturna a oscuras y en soledad, y se sintió bien. La mayoría de sus compañeros todavía no dormían a oscuras como él, y algunos todavía tampoco duermen solos.
Decidió acostarse y dormir. Esta vez se tapó solo hasta el cuello pero no pudo con eso de dormir y siguió atento a cada rincón de la habitación, no sea cosa que existan de verdad todos sus miedos pero que solo se animen a cobrar vida más entrada la madrugada y que lo atrapen por sorpresa... Al rato no pasaba nada. Nada se movía. Nada levantaba sospechas. Nada hacía ruido dentro de la habitación. A cada sombra, Hernán aprendió a encontrarle el objeto del cual provenía. Recorrió muy lento toda la habitación y todo, absolutamente todo estaba en orden. Le dolía la pierna un poco pero no importaba. Sus ojos empezarón a cerrarse, él a sentirse cómodo... al final durmió.
martes, 28 de junio de 2011
Milanesa, primer encuentro
teníamos 6 años y jugábamos a la pelota en la calle. En esa época todos los chicos jugábamos en la calle y a cualquier hora, sobre todo a la hora de la siesta de los abuelos.
Eran alrededor de las 3 de la tarde y hacía rato que, habiendo almorzado, estábamos jugando y, que se venga a decir: todos íbamos a la escuela a la mañana así que ni la Educastración podía separarnos del juego en grupo de la media tarde. Felicidad!
Escondidas, fútbol, experimentos con bichos raros, bolitas... cualquiera que se nos ocurriera jugar.
Esa tarde de primavera casi verano, semanas antes de la navidad, estábamos jugando a la pelota en la calle y al grito de "autoooooo!!!!!!!!" rajamos todos a la vereda. El auto nos hizo mierda uno de los pedazos de ladrillo que hacía el trabajo de palo del arco y a buscar uno nuevo en lo del viejo Matías que estaba construyendo. Después de poner el ladrillo y de dejar el campo de juego nuevamente en condiciones, empezamos a discutir a ver cuanto íbamos, de si íbamos 6 a 3, o 6 a 5, o empatados. Decidimos que ya no era momento de seguir jugando al fútbol y nos fuimos a llenar bombuchas para tirarle en cuanto salieran, a las chicas que siempre nos rompían las pelotas queriendo pasar el rato con nosotros. A la vuelta, y con varios baldes con agua y llenos de bombuchas con soda para que pique más, lo vimos llegar. La soda se la sacábamos del almacén a mi Abuelo. Hey Abuelo! era por una causa justa... Decía, lo vimos llegar.
Era un distinto y se le notaba a la distancia. Un vago parecía, y de hecho lo era pero no como todos, y nunca supimos después el porqué de su ser diferente pero lo era y no se discutía. Lo habíamos visto doblar la esquina y venir en nuestra dirección. Paró a unos 30 metros nuestro, dejó su bolsa de arpillera de tamaño mediano, se puso a revisar una bolsa de basura que había sacado con sobras de comida la Mamá de Bruno que en ese momento no estaba con nosotros, sacó una milanesa y se la comió sentado en el cordón de la vereda. A los pocos minutos sacó un pedazo de otra y algo de ensalada y un pedazo de pan. Comió todo muy tranquilo el nuevo extraño sentadito en el cordón de la vereda y ante la mirada curiosa de nosotros que poco sabíamos acerca de como disimular. Ni silbar bien podíamos. El murmullo curioso de un par de pibes a mitad de un cuadra vacía de diciembre a media tarde crecía e iba llegando al visitante. Nos miraba de reojo y cada tanto como avisando que no quería nada de nosotros y esa mirada también pretendía que nosotros nada esperáramos de él. El tipo era de estatura mediana, el pelo largo y en una sola rasta, la barba larga pero no tanto, sucio o morocho casi negro, le cubría el cuerpo una campera color verde militar con un tajo en la espalda que caía desde el centro de los omóplatos hasta la zona media lumbar, llevaba unos pantalones pescadores o que le quedaban exageradamente cortos y se parecían mucho a bombachas de campo, y ojotas. Llamaba la atención muchísimo que el tipo cargara con una tranquilidad que nosotros no conocíamos, el agarrar la comida con las manos y morderla muy de a poco como si quisiera masticar bien para poder tener una buena digestión, los movimientos lentos y bien estudiados, el tirarse a tomar solcito luego de comer, recostado en la vereda y con el culo todavía apoyado en el cordón. Las piernas en la calle. Las manos cruzadas debajo de la nuca y la sonrisa. Esa sonrisa creo que ninguno podría olvidarla. Y digo que ninguno podría olvidarla porque además de haber observado todo, en ese momento nos miró él de lleno y nos sonrió a nosotros, con la boca llena de satisfacción, con la panza llena, con la mirada a la que le vuelve el alma después del desamor o de la falta de comida en este caso. El tipo estuvo un buen rato recostado y nosotros sentados en la vereda de la casa de Damián, primo de Manuel, a mitad de la cuadra, todo el tiempo preguntándonos que quién sería ese personaje que no podíamos parar de mirar y del que ya no podríamos olvidarnos en nuestra puta y larga vida, como una maldición.
Resulta que el tipo en un momento se incorporó y volvió a estar sentado en el cordón. Miró para la esquina por la que lo vimos venir, y después miró hacia la esquina por la que debería seguir si no quería volver atrás. Se levantó, levantó también su bolsa de arpillera inclinándose un poco hacia la izquierda, se la colgó en los hombros, y echó a caminar hacia donde nos encontrábamos nosotros.
Lo veíamos venir, no podíamos dejar de hacerlo, y al pasar por la calle a la altura en la que estábamos nosotros se paró y nos miró unos segundos. Tenía los ojos más oscuros y profundos que jamás vi de nuevo, la barba crecida en la medida justa le formaba garabatos indescifrables por toda la cara, debajo de la campera verde militar no llevaba nada. Dió media vuelta la cabeza y siguió su camino o al menos eso creyó o no, no sé, nunca lo vamos a saber... creo que en realidad el sabía, creo que el tipo siempre supo todo. El tema es que en cuanto dejó de mirarnos y al cuarto o quinto paso, Gabi en un acto impulsivo se paró y gritó "MILANEEEEEEESSSSSSSAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!" y le tiró una bombucha con soda. Y le pegó en el pie derecho.
Hubo un segundo, pero solo un segundo en el que el resto de los pibes lo miramos aterrados, y al segundo número dos, todos agarramos bombuchas de los baldes que teníamos preparados para las muchachitas, y empezamos a darle sin piedad al hombre de la bolsa. El tipo se cubrió, como si fuera a recibir con miedo y angustia cinturonazos de algún padre perdido, mientras nosotros que teníamos una gran cantidad de municiones le dábamos sin asco.
No sé bien en qué momento y en esos actos tan repentinos como del que Gabi había sido protagonista unos momentos antes, el vago se lanzó sobre nosotros. Corrimos en todas las direcciones, los ojos negros desorbitados de aquel personaje no podían focalizar a quién atrapar y nosotros que no nos escápabamos, solo lo esquivábamos para mantenerlo a una distancia moderada. Se paró a mitad de la calle que todavía llevaba solo como actores a quienes participaron de este encuentro. Ni secundarios había, ni un auto, ni siquiera Titi mirando por la ventana como solía hacerlo. Nada. Nos miró a cada uno, en silencio, y se tiró a correr a Ariel. Nos cagó, pensé yo. Y lo corrió. Y lo atrapó de los brazos y por detrás y en un solo movimiento lo dió vuelta para quedar de frente y le hecho en la cara a boca abierta y ojos para afuera la frase más inentendible que nunca escuché. El timbre de la voz se fué transformando de intenso a grave y de nuevo a intenso y al final a furioso y descontrolado. Lo apretaba fuerte de los brazos y no lo dejaba ir. Ariel lloraba y nos miraba, y lo miraba y el tipo lo soltó. Se dió media vuelta y empezó a caminar por donde iba. Paró a unos metros solo para levantar su bolsa y caminó unos diez metros más y hasta que Gabi volvió a gritar "MILANEEEEEEESSSSSSSAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!! y le volvió a tirar una bombucha con soda, y todos corrimos a tomar cuantas bombuchas quedaran para azotarlo. Y volvió a corrernos pero esta vez todos juntos salimos rajando para la dirección contraria hasta salir del barrio y un par de cuadras más. Corrimos unas cuatro o cinco cuadras con la risa que da el peligro dibujada en la cara y cuando estuvimos seguros de que ya no nos perseguía volvimos caminando para la cuadra.
Nos había robado un balde el hijo de puta.
Milanesa, de ahora en más ese era su nombre, nos había robado un balde.
Eran alrededor de las 3 de la tarde y hacía rato que, habiendo almorzado, estábamos jugando y, que se venga a decir: todos íbamos a la escuela a la mañana así que ni la Educastración podía separarnos del juego en grupo de la media tarde. Felicidad!
Escondidas, fútbol, experimentos con bichos raros, bolitas... cualquiera que se nos ocurriera jugar.
Esa tarde de primavera casi verano, semanas antes de la navidad, estábamos jugando a la pelota en la calle y al grito de "autoooooo!!!!!!!!" rajamos todos a la vereda. El auto nos hizo mierda uno de los pedazos de ladrillo que hacía el trabajo de palo del arco y a buscar uno nuevo en lo del viejo Matías que estaba construyendo. Después de poner el ladrillo y de dejar el campo de juego nuevamente en condiciones, empezamos a discutir a ver cuanto íbamos, de si íbamos 6 a 3, o 6 a 5, o empatados. Decidimos que ya no era momento de seguir jugando al fútbol y nos fuimos a llenar bombuchas para tirarle en cuanto salieran, a las chicas que siempre nos rompían las pelotas queriendo pasar el rato con nosotros. A la vuelta, y con varios baldes con agua y llenos de bombuchas con soda para que pique más, lo vimos llegar. La soda se la sacábamos del almacén a mi Abuelo. Hey Abuelo! era por una causa justa... Decía, lo vimos llegar.
Era un distinto y se le notaba a la distancia. Un vago parecía, y de hecho lo era pero no como todos, y nunca supimos después el porqué de su ser diferente pero lo era y no se discutía. Lo habíamos visto doblar la esquina y venir en nuestra dirección. Paró a unos 30 metros nuestro, dejó su bolsa de arpillera de tamaño mediano, se puso a revisar una bolsa de basura que había sacado con sobras de comida la Mamá de Bruno que en ese momento no estaba con nosotros, sacó una milanesa y se la comió sentado en el cordón de la vereda. A los pocos minutos sacó un pedazo de otra y algo de ensalada y un pedazo de pan. Comió todo muy tranquilo el nuevo extraño sentadito en el cordón de la vereda y ante la mirada curiosa de nosotros que poco sabíamos acerca de como disimular. Ni silbar bien podíamos. El murmullo curioso de un par de pibes a mitad de un cuadra vacía de diciembre a media tarde crecía e iba llegando al visitante. Nos miraba de reojo y cada tanto como avisando que no quería nada de nosotros y esa mirada también pretendía que nosotros nada esperáramos de él. El tipo era de estatura mediana, el pelo largo y en una sola rasta, la barba larga pero no tanto, sucio o morocho casi negro, le cubría el cuerpo una campera color verde militar con un tajo en la espalda que caía desde el centro de los omóplatos hasta la zona media lumbar, llevaba unos pantalones pescadores o que le quedaban exageradamente cortos y se parecían mucho a bombachas de campo, y ojotas. Llamaba la atención muchísimo que el tipo cargara con una tranquilidad que nosotros no conocíamos, el agarrar la comida con las manos y morderla muy de a poco como si quisiera masticar bien para poder tener una buena digestión, los movimientos lentos y bien estudiados, el tirarse a tomar solcito luego de comer, recostado en la vereda y con el culo todavía apoyado en el cordón. Las piernas en la calle. Las manos cruzadas debajo de la nuca y la sonrisa. Esa sonrisa creo que ninguno podría olvidarla. Y digo que ninguno podría olvidarla porque además de haber observado todo, en ese momento nos miró él de lleno y nos sonrió a nosotros, con la boca llena de satisfacción, con la panza llena, con la mirada a la que le vuelve el alma después del desamor o de la falta de comida en este caso. El tipo estuvo un buen rato recostado y nosotros sentados en la vereda de la casa de Damián, primo de Manuel, a mitad de la cuadra, todo el tiempo preguntándonos que quién sería ese personaje que no podíamos parar de mirar y del que ya no podríamos olvidarnos en nuestra puta y larga vida, como una maldición.
Resulta que el tipo en un momento se incorporó y volvió a estar sentado en el cordón. Miró para la esquina por la que lo vimos venir, y después miró hacia la esquina por la que debería seguir si no quería volver atrás. Se levantó, levantó también su bolsa de arpillera inclinándose un poco hacia la izquierda, se la colgó en los hombros, y echó a caminar hacia donde nos encontrábamos nosotros.
Lo veíamos venir, no podíamos dejar de hacerlo, y al pasar por la calle a la altura en la que estábamos nosotros se paró y nos miró unos segundos. Tenía los ojos más oscuros y profundos que jamás vi de nuevo, la barba crecida en la medida justa le formaba garabatos indescifrables por toda la cara, debajo de la campera verde militar no llevaba nada. Dió media vuelta la cabeza y siguió su camino o al menos eso creyó o no, no sé, nunca lo vamos a saber... creo que en realidad el sabía, creo que el tipo siempre supo todo. El tema es que en cuanto dejó de mirarnos y al cuarto o quinto paso, Gabi en un acto impulsivo se paró y gritó "MILANEEEEEEESSSSSSSAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!" y le tiró una bombucha con soda. Y le pegó en el pie derecho.
Hubo un segundo, pero solo un segundo en el que el resto de los pibes lo miramos aterrados, y al segundo número dos, todos agarramos bombuchas de los baldes que teníamos preparados para las muchachitas, y empezamos a darle sin piedad al hombre de la bolsa. El tipo se cubrió, como si fuera a recibir con miedo y angustia cinturonazos de algún padre perdido, mientras nosotros que teníamos una gran cantidad de municiones le dábamos sin asco.
No sé bien en qué momento y en esos actos tan repentinos como del que Gabi había sido protagonista unos momentos antes, el vago se lanzó sobre nosotros. Corrimos en todas las direcciones, los ojos negros desorbitados de aquel personaje no podían focalizar a quién atrapar y nosotros que no nos escápabamos, solo lo esquivábamos para mantenerlo a una distancia moderada. Se paró a mitad de la calle que todavía llevaba solo como actores a quienes participaron de este encuentro. Ni secundarios había, ni un auto, ni siquiera Titi mirando por la ventana como solía hacerlo. Nada. Nos miró a cada uno, en silencio, y se tiró a correr a Ariel. Nos cagó, pensé yo. Y lo corrió. Y lo atrapó de los brazos y por detrás y en un solo movimiento lo dió vuelta para quedar de frente y le hecho en la cara a boca abierta y ojos para afuera la frase más inentendible que nunca escuché. El timbre de la voz se fué transformando de intenso a grave y de nuevo a intenso y al final a furioso y descontrolado. Lo apretaba fuerte de los brazos y no lo dejaba ir. Ariel lloraba y nos miraba, y lo miraba y el tipo lo soltó. Se dió media vuelta y empezó a caminar por donde iba. Paró a unos metros solo para levantar su bolsa y caminó unos diez metros más y hasta que Gabi volvió a gritar "MILANEEEEEEESSSSSSSAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!! y le volvió a tirar una bombucha con soda, y todos corrimos a tomar cuantas bombuchas quedaran para azotarlo. Y volvió a corrernos pero esta vez todos juntos salimos rajando para la dirección contraria hasta salir del barrio y un par de cuadras más. Corrimos unas cuatro o cinco cuadras con la risa que da el peligro dibujada en la cara y cuando estuvimos seguros de que ya no nos perseguía volvimos caminando para la cuadra.
Nos había robado un balde el hijo de puta.
Milanesa, de ahora en más ese era su nombre, nos había robado un balde.
martes, 21 de junio de 2011
Historias de humor
Hay chicos que siempre cargan a otros chicos, siempre pasa lo mismo... y los que no cargan a nadie se ríen tarde o temprano, de las cargadas del que carga, hacia otro.
Es inevitable no cargar con un chiste a otra persona nunca. Dejémonos de joder pero para poder joder tranquilos, entiéndase. Y para mi es tan inevitable eso, como reírme cuando el chiste que resulta en cargada viene hacia mí y por eso es que me gusta tanto jugar con todo. Es tan inevitable como comer cuando se tiene hambre, porque el chiste es eso, el humor nuestro de cada día, el alimento de la risa.
Pasa con algunos de nosotros que no podemos evitarlo. Nos pasa por esa costumbre divina que tenemos de abrazar al niño para nunca perderlo y eso es lo más sano que se me ocurre hacer por mí, a no ser que un día un chiste me traiga la muerte de parte de algún intolerante homicida hijo de una gran puta, entonces ahí lo sano podría transformarse en la muerte pero bueno, son los riesgos de ser un tipo con ganas de jugar todo el tiempo y contra todo pronóstico de bien, o de mal. Si algo me mata, que sea el humor, o la consecuencia de traer al mundo algo de él. Y si no te gusta mi humor, buscate de otro tipo pero buscate uno porque si no te vas a morir. Yo una vez conocí a un tipo que no encontró el humor en su vida y se murió. Posta. Y cuidado para los que bromean olvidando que la vida va primero porque también los puede encontrar la muerte. Ojo al piojo.
Gente que con el chiste arma quilombo hay por todos lados:
Una vez vivió un hombre de apellido Guzmán que llevó el sentido del humor hasta el extremo. A Don Guzmán una de las cosas que más le gustaba era jugarla de proxeneta. Iba a bares de mala muerte a tomarse una ginebrita y a divertirse un rato. Se hacía de un compañero, le pagaba un trago, le contaba de su historia como administrador de señoras dadoras de intimidad a cambio de una suma de dinero o joyas y los mandaba donde sabía que aquel ingenuo podría encontrarse con un problema de proxenetas de verdad, para espíar y morirse de la risa solo, y filmarlo, y guardar ese video con todos los demás que tenía guardados de bromas anteriores. Los que caían siempre terminaban corridos por algún matón de cuarta o apedreados por las prostitutas. Una sola vez le salió mal ese chiste y el pobre infeliz que había caído en la trampa terminó muerto con una cuchilla de carnicero en el pecho.
Siempre defendía su humor más allá de cualquier quilombo en el que pudiera meterse como consecuencia de alguna broma, inclusive si alguno terminaba muerto, como el del cuchillo en el pecho (esos videos iban bajo el suelo, bien escondidos), porque bien sabía que inocentes siempre terminan cayendo en nombre del bien. Lo que pasaba, pasaba, y a la mierda... cuantos inocentes mueren en nombre del mal? entonces morir en nombre del bien es bueno, no?
Una vez estaba ayudando a cruzar la Nueve de julio a un ciego anciano y lo dejó en medio de la avenida y se fué corriendo al grito de "te quedaste solo cieguito maricón!!!" y nadie más cruzaba así que el ciego quedó quietito y gritando de miedo y agarrando fuerte su bastoncito, desorientado en medio de autos que lo esquivaban y bajo las miradas aterrorizadas de los peatones.
La última de sus bromas consistió en armar una secta ultra religiosa que predicaba que el fin del mundo estaba próximo.Tanto exageró que terminó todo con varios suicidios y tanto se asustó que él mismo se lo terminó creyendo y se mató.
Cipriana Demarco siempre hacía bromas a su marido acerca de como le daría su sexo a cierta clase de hombres de la que él no formaba parte y lo hacía también delante de cualquier persona, incluso de los hijos y otros de la familia y amigos. El día de su cumpleaños número 58 su marido salió enojado y dando un portazo porque ella le dijo que quería de regalo un taxi boy. Chiste, obvio, ella amaba con todo su cuerpo y toda su alma a su marido pero hacía muchos años que no lo demostraba y hacia todo mucho peor con ese tipo de bromas que era constante... Entró al rato un grupo de 6 jóvenes que la violaron y golpearon en la cara y en todo el resto del cuerpo. Por puta! le decían... tu marido nos mandó por puta! y la mataron a golpes de puño y pie y desgarrada imagínese usted donde, con la pata de una de las sillas del living.
Miguel Pérez Guiraldos no se murió, pero en los últimos tiempos le salían mal todas las bromas al pobre. Una vez se disfrazó de Travesti, y digo disfrazó porque para él los Travestis eran un mamarracho digno de fiesta de disfraces lamentable, y fué hasta palermo para ver si lo levantaba uno de sus amigos que gustaba de esos placeres morbosos pero no llegó a levantarlo... los hombrecitos trasvestidos que estaban por ahí lo reventaron a piñas y se tuvo que ir caminando casi desnudo, vestido de mujer y sin plata... y lo encontró la policía y lo metió preso... y lo violaron.
Otra vez llevó un arma de juguete de su sobrino Nicolás al supermercado y al llegar a la caja se la mostró a la cajera con una sonrisa de broma. De broma! al segundo le dijo que era una broma! y se rió pero al guardia no le importó y llamó a la policía, y lo llevaron preso, y lo violaron de nuevo.
Lo último referente a esa clase de bromas fué la que llevó la intención de ser perpetrada a su madre. Miguel la iba a buscar todos los jueves a la parada del colectivo a las diez de la noche porque los días jueves su madre iba a visitar a su tía enferma y él no quería que caminase sola desde la parada hasta la casa. Ese día se le ocurrió comprar ropa nueva color negra y un pasamontañas para pegarle un sustito a la vieja en cuanto bajara del colectivo. En cuanto llegó a la parada se puso el pasamontañas. Un vecino alertó a la policía, el colectivo se atrasó y la policía llegó antes. Lo metieron preso y lo violaron de nuevo.
Cansado de sentir en su cuerpo el ritmo de la percusión anal, se propuso dejar de hacer ese tipo de bromas y dedicarse exclusivamente a los chistes de palabra pero no lo divertían tanto y se aburrió rápido. Ahora sus momentos de chiste son sólo en reuniones familiares y por pedido del público.
miércoles, 15 de junio de 2011
Nena
El hombre llega y observa el silencio.
Entre líneas se leía todo, como si todas las puertas que conducen hacia el interior de las almas estuvieran abiertas a través de los movimientos, de las miradas, de los suspiros, del caminar impaciente de su hermana, de las lágrimas incesantes de su madre que poco puede dar consuelo si carga tanto desconsuelo, del juego que se libra entre los dedos impacientes, una vuelta para acá... una vuelta para allá, del latir de un corazón agitado en medio de una tormenta de deseos que velan porque ese otro corazón comparta la vida entre juegos y familia.
El espíritu colectivo de la esperanza da vueltas, el sinrazón de lo desesperado pasa oscilando entre risas y sonrisas, todas ellas faltas de consuelo, repartiendo a cada uno la sensación que cualquiera en esos momentos quisiera dejar de lado aunque esté sabido que no puede hacerse, y que es la del terror de que algo salga mal, la sensación del vacío de locura que pueda traernos esa angustia al borde de un ataque de nervios, esa inimaginable, o que solo puede imaginarse incompleta, hasta el momento en el que pueda tornarse real. Nada de eso puede pasar, no.
Todos esperan, pocas palabras, muchos abrazos y la mirada que pasea a medias con uno y con otro, y que es a medias por no querer contagiar de su propio miedo al de al lado, a ese con el que se está compartiendo esa mirada, como protegiendo el espacio y esperando que ese miedo solo se oculte, para que permanezca el olor a vida. Otros hacen lo mismo o no saben que lo están haciendo. Alguien que se va, el Padre se va. No puede soportarlo, no puede decirlo, no puede derramar una sola lágrima en ese lugar de espera. Una sola lágrima sería demasiado, un solo momento de flojera en cualquiera de ellos podría ser suficiente como para que el dolor sea el próximo sentimiento conciente al alcance de todos.
Ella se fué hace rato con quienes pueden corregir su mal, con quienes llevan en las manos su vida. Ellos, los desconocidos, serán los que reaparezcan en algunas horas con la noticia. La noticia será buena. Dijeron antes de llevarla que todo iba a salir bien. Se confía en aquellos desconocidos, la confianza es parte de la esperanza.
No pueden mantenerse todos juntos sin empezar a caer de a poco, y aunque pueda parecer poco lógica la situación, aunque se pueda entender a todos como una trama en la que todos se sostienen entre sí, la angustia puede hacerse dueña de a poco. Entonces el hombre se levanta, camina hacia quién más está padeciendo la espera en esa sala de sensación de estar entre nubes perdidas, y se la lleva. Su mujer los acompaña. Pocas palabras seguirán siendo la premisa, solo las necesarias, por momentos se escapará alguna frase de esas que se dicen en esos momentos y ella las tomará con amor. Tomarán un café o alguna gaseosa, fumarán un cigarrilo, y volverán al lugar con el corazón entre manos nuevamente, con la entrega del amor asegurada para siempre y que desespera en la lejanía. En el amor siempre se espera.
Llegan amigos, los amigos son por su calidad de amigos y por estar fuera del ámbito familiar, capaces de poder hablar de alguna otra cosa, como las salidas de fin de semana, el día en el trabajo, del recital al que va a ir, en fin... de otros temas. Los amigos tienen la capacidad inconciente y casi milagrosa de poder generar, en uno o más de esa familia que espera, alguna distracción momentánea y necesaria para evitar el desborde de los sentimientos que trae lo desesperado del caso y es así, más allá de que no tengamos la capacidad de mantener esa distracción por más de algunos momentos y es bueno en los amigos que puedan también callar y acompañar también como familia misma. Es bueno que existan los amigos.
La sala llena, el espacio cerrado, la espera interminable.
Uno no puede dejar de imaginar como será que se está pasando el tiempo en donde está ella, con todos esos desconocidos trabajando a su alrededor. Cada uno llevará dentro de su capacidad de imaginar, las imágenes que pueda soportar y las ilusiones que sepa llevarle a esas imágenes.
En algún momento todos callan y esperan. Todo va a salir bien, fué casi una promesa de parte de los desconocidos o fuimos nosotros que tomamos así sus palabras. Confiamos en eso.
Ella posiblemente reciba en este momento todo este amor, lo estará abrazando, la acompañará y le dará resistencia. Ella podrá recuperarse y tener Hermanos, Padres, Tíos, Primos y Abuelos. Ella, a pesar de sus pocos meses en esta vida, tiene a muchos enamorados esperándola. El hombre que era uno más en esa sala de espera adora con su alma a esa nena a la que están esperando. Es su sobrina, y la espera. Todo va a salir bien. Tanto amor solo puede traer vida.
Entre líneas se leía todo, como si todas las puertas que conducen hacia el interior de las almas estuvieran abiertas a través de los movimientos, de las miradas, de los suspiros, del caminar impaciente de su hermana, de las lágrimas incesantes de su madre que poco puede dar consuelo si carga tanto desconsuelo, del juego que se libra entre los dedos impacientes, una vuelta para acá... una vuelta para allá, del latir de un corazón agitado en medio de una tormenta de deseos que velan porque ese otro corazón comparta la vida entre juegos y familia.
El espíritu colectivo de la esperanza da vueltas, el sinrazón de lo desesperado pasa oscilando entre risas y sonrisas, todas ellas faltas de consuelo, repartiendo a cada uno la sensación que cualquiera en esos momentos quisiera dejar de lado aunque esté sabido que no puede hacerse, y que es la del terror de que algo salga mal, la sensación del vacío de locura que pueda traernos esa angustia al borde de un ataque de nervios, esa inimaginable, o que solo puede imaginarse incompleta, hasta el momento en el que pueda tornarse real. Nada de eso puede pasar, no.
Todos esperan, pocas palabras, muchos abrazos y la mirada que pasea a medias con uno y con otro, y que es a medias por no querer contagiar de su propio miedo al de al lado, a ese con el que se está compartiendo esa mirada, como protegiendo el espacio y esperando que ese miedo solo se oculte, para que permanezca el olor a vida. Otros hacen lo mismo o no saben que lo están haciendo. Alguien que se va, el Padre se va. No puede soportarlo, no puede decirlo, no puede derramar una sola lágrima en ese lugar de espera. Una sola lágrima sería demasiado, un solo momento de flojera en cualquiera de ellos podría ser suficiente como para que el dolor sea el próximo sentimiento conciente al alcance de todos.
Ella se fué hace rato con quienes pueden corregir su mal, con quienes llevan en las manos su vida. Ellos, los desconocidos, serán los que reaparezcan en algunas horas con la noticia. La noticia será buena. Dijeron antes de llevarla que todo iba a salir bien. Se confía en aquellos desconocidos, la confianza es parte de la esperanza.
No pueden mantenerse todos juntos sin empezar a caer de a poco, y aunque pueda parecer poco lógica la situación, aunque se pueda entender a todos como una trama en la que todos se sostienen entre sí, la angustia puede hacerse dueña de a poco. Entonces el hombre se levanta, camina hacia quién más está padeciendo la espera en esa sala de sensación de estar entre nubes perdidas, y se la lleva. Su mujer los acompaña. Pocas palabras seguirán siendo la premisa, solo las necesarias, por momentos se escapará alguna frase de esas que se dicen en esos momentos y ella las tomará con amor. Tomarán un café o alguna gaseosa, fumarán un cigarrilo, y volverán al lugar con el corazón entre manos nuevamente, con la entrega del amor asegurada para siempre y que desespera en la lejanía. En el amor siempre se espera.
Llegan amigos, los amigos son por su calidad de amigos y por estar fuera del ámbito familiar, capaces de poder hablar de alguna otra cosa, como las salidas de fin de semana, el día en el trabajo, del recital al que va a ir, en fin... de otros temas. Los amigos tienen la capacidad inconciente y casi milagrosa de poder generar, en uno o más de esa familia que espera, alguna distracción momentánea y necesaria para evitar el desborde de los sentimientos que trae lo desesperado del caso y es así, más allá de que no tengamos la capacidad de mantener esa distracción por más de algunos momentos y es bueno en los amigos que puedan también callar y acompañar también como familia misma. Es bueno que existan los amigos.
La sala llena, el espacio cerrado, la espera interminable.
Uno no puede dejar de imaginar como será que se está pasando el tiempo en donde está ella, con todos esos desconocidos trabajando a su alrededor. Cada uno llevará dentro de su capacidad de imaginar, las imágenes que pueda soportar y las ilusiones que sepa llevarle a esas imágenes.
En algún momento todos callan y esperan. Todo va a salir bien, fué casi una promesa de parte de los desconocidos o fuimos nosotros que tomamos así sus palabras. Confiamos en eso.
Ella posiblemente reciba en este momento todo este amor, lo estará abrazando, la acompañará y le dará resistencia. Ella podrá recuperarse y tener Hermanos, Padres, Tíos, Primos y Abuelos. Ella, a pesar de sus pocos meses en esta vida, tiene a muchos enamorados esperándola. El hombre que era uno más en esa sala de espera adora con su alma a esa nena a la que están esperando. Es su sobrina, y la espera. Todo va a salir bien. Tanto amor solo puede traer vida.
martes, 14 de junio de 2011
Toti, la quinielera
Las verdades del barrio están siempre, o casi siempre, ocultas por un manto de engaño interno pero de bombachas flojas. No hay verdad que quiera ocultarse, que no salga a la luz de los ojos que quieren ver. El ejercicio de ver es también leer entre líneas o ser arriesgado y dar pasos hacia lugares que no son los del destino que dicho sea de paso, parece a veces no existir, como si uno a cada movimiento lo fuera formando.
"De las puertas para adentro" es casi lo mismo que decir "en el interior de nosotros mismos" y si, lo es, pero casi. De las puertas para adentro se puede espíar con mayor facilidad.
Nosotros, los amigos en la infancia sabíamos de todos en el barrio, y con la ayuda de vivir en esa época, en la que el barrio era una especie de familia de carnaval, con muchos secretos pero pocos bien guardados, el conocer y reconocer en cada uno siempre estaba bien dispuesto.
La chusma era Titi, pero los que de verdad conocían el barrio, éramos nosotros, porque además, vivíamos dentro de esas casas. Cada uno sabía lo que se ocultaba dentro de su casa, y también cada uno podía pasar libremente por la casa de algún otro vecino. Las puertas abiertas, la confianza descubierta, la sospecha inexistente.
En nuestras casas había muchos secretos y otras situaciones no tan secretas pero iguales en cuanto a lo que entre nosotros se esperaba de la privacidad, y se respetaba. Entre amigos nos respetábamos mucho.
No hablábamos mucho de nuestras miserias porque nos queríamos mucho y la intención nunca era hacernos sentir mal entre nosotros. En realidad, hablábamos, si, pero solo lo que uno quisiera hablar y hasta donde uno necesitara hablarlo.
No se hablaba de la Mamá de Manuel, fanática religiosa gracias a una enfermedad mental de bajísima autoestima y que afectaba directamente al tiempo que él podía compartir con nosotros, tampoco de los métodos severos de educación del Papá de Gabi, ni de las aventuras amorosas extra matrimoniales que tramaba en su quiosko la Mamá de Ariel, ni de las borracheras de mi viejo, ni de las cagadas a palo sin razón de los padres de Bruno, ni de todos los comentarios que sobrevolaban acerca del porqué de la partida del Papá de Pablo, el pibe de la esquina, y mucho menos de la cantidad de cargas interminable que pesaba sobre Gastón gracias a su Madre. Por fortuna, o tal vez no tanto, Gastón tenía a su abuela, la vieja Toti, la quinielera del barrio.
Todos llevamos miserias en la mochila.
Toti, es todavía al día de hoy, una vieja quinielera de trampa. Suena como un chiste: en el barrio la teníamos a Titi, la chusma, y justo en la casa de al lado a Toti, la quinielera. Titi y Toti aunque suene a mentira existen, como muchas otras cosas increíbles en el conurbano.
Toti desde que yo era chiquito es vieja y muy pero muy arrugada, una mujer flaca que tiñe su cabeza de un rojo oscuro y que tomaba sol en pelotas en el fondo de su casa creo porque sino no se justificaba que su piel tuviera casi el mismo color que sus pelos teñidos.
Levantaba como ya dije quiniela en el barrio y de ahí que el barrio supiera abiertamente quienes eran los jugadores de cada día. Nunca se supo mucho de ella internamente, se la pasaba hablando de números y de sueños y de cada charla ella te decía a que número tenías que jugar y porqué y cuales eran otros números que tal vez, estuvieran conectados con el que tenías que jugar para que también apuestes por ellos. Toti quemaba cabezas. Su marido era el viejo Matías, viejo bueno que no soportaba ya a su mujer y que era colaborador en la iglesia "Nuestra señora del valle" a dos cuadras de casa y en donde todos tomamos comunión y robamos vino ya de más grandecitos. El viejo Matías murió en la iglesia mientras preparaba el altar antes de una misa ante los ojos tristes de un tipo crucificado y un Dios que nunca apareció.
Toti al día de hoy parece seguir igual, hace rato que no vivo en el barrio, pero siempre que voy de visita, está en la puerta esperando por algún cliente y si me saluda, como la última vez que pasó, me habla de números... "tuviste mellizos! Jugá al dos! además el 2 es el niño y podés también jugar al 15! tu nena es tan linda! el 99 es los hermanos!" y así... vieja loca. No sé como no se murió todavía, hace rato perdió su cabeza.
"De las puertas para adentro" es casi lo mismo que decir "en el interior de nosotros mismos" y si, lo es, pero casi. De las puertas para adentro se puede espíar con mayor facilidad.
Nosotros, los amigos en la infancia sabíamos de todos en el barrio, y con la ayuda de vivir en esa época, en la que el barrio era una especie de familia de carnaval, con muchos secretos pero pocos bien guardados, el conocer y reconocer en cada uno siempre estaba bien dispuesto.
La chusma era Titi, pero los que de verdad conocían el barrio, éramos nosotros, porque además, vivíamos dentro de esas casas. Cada uno sabía lo que se ocultaba dentro de su casa, y también cada uno podía pasar libremente por la casa de algún otro vecino. Las puertas abiertas, la confianza descubierta, la sospecha inexistente.
En nuestras casas había muchos secretos y otras situaciones no tan secretas pero iguales en cuanto a lo que entre nosotros se esperaba de la privacidad, y se respetaba. Entre amigos nos respetábamos mucho.
No hablábamos mucho de nuestras miserias porque nos queríamos mucho y la intención nunca era hacernos sentir mal entre nosotros. En realidad, hablábamos, si, pero solo lo que uno quisiera hablar y hasta donde uno necesitara hablarlo.
No se hablaba de la Mamá de Manuel, fanática religiosa gracias a una enfermedad mental de bajísima autoestima y que afectaba directamente al tiempo que él podía compartir con nosotros, tampoco de los métodos severos de educación del Papá de Gabi, ni de las aventuras amorosas extra matrimoniales que tramaba en su quiosko la Mamá de Ariel, ni de las borracheras de mi viejo, ni de las cagadas a palo sin razón de los padres de Bruno, ni de todos los comentarios que sobrevolaban acerca del porqué de la partida del Papá de Pablo, el pibe de la esquina, y mucho menos de la cantidad de cargas interminable que pesaba sobre Gastón gracias a su Madre. Por fortuna, o tal vez no tanto, Gastón tenía a su abuela, la vieja Toti, la quinielera del barrio.
Todos llevamos miserias en la mochila.
Toti, es todavía al día de hoy, una vieja quinielera de trampa. Suena como un chiste: en el barrio la teníamos a Titi, la chusma, y justo en la casa de al lado a Toti, la quinielera. Titi y Toti aunque suene a mentira existen, como muchas otras cosas increíbles en el conurbano.
Toti desde que yo era chiquito es vieja y muy pero muy arrugada, una mujer flaca que tiñe su cabeza de un rojo oscuro y que tomaba sol en pelotas en el fondo de su casa creo porque sino no se justificaba que su piel tuviera casi el mismo color que sus pelos teñidos.
Levantaba como ya dije quiniela en el barrio y de ahí que el barrio supiera abiertamente quienes eran los jugadores de cada día. Nunca se supo mucho de ella internamente, se la pasaba hablando de números y de sueños y de cada charla ella te decía a que número tenías que jugar y porqué y cuales eran otros números que tal vez, estuvieran conectados con el que tenías que jugar para que también apuestes por ellos. Toti quemaba cabezas. Su marido era el viejo Matías, viejo bueno que no soportaba ya a su mujer y que era colaborador en la iglesia "Nuestra señora del valle" a dos cuadras de casa y en donde todos tomamos comunión y robamos vino ya de más grandecitos. El viejo Matías murió en la iglesia mientras preparaba el altar antes de una misa ante los ojos tristes de un tipo crucificado y un Dios que nunca apareció.
Toti al día de hoy parece seguir igual, hace rato que no vivo en el barrio, pero siempre que voy de visita, está en la puerta esperando por algún cliente y si me saluda, como la última vez que pasó, me habla de números... "tuviste mellizos! Jugá al dos! además el 2 es el niño y podés también jugar al 15! tu nena es tan linda! el 99 es los hermanos!" y así... vieja loca. No sé como no se murió todavía, hace rato perdió su cabeza.
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